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Mayo

Homilias de el 18 de Abril – 24 Abril Año 2013

LUNES 15 DE ABRIL

LECTURAS: HECH 6, 8-15; SAL 118; JN 6, 22-29

Hech. 6, 8-15. Al meditar sobre Esteban, como nos lo presenta hoy la Palabra de Dios, pareciésemos encontrarnos ante un resumen demasiado apretado sobre la obra, vida, juicio y condena de Jesús.CompTIA 220-801 dumps
El discípulo no puede ser más que su maestro; si al maestro le han llamado Beelzebul, qué no dirán de los que habitan en su casa.
Lo más importante es meditar acerca del compromiso que realmente tenemos respecto a la fe que decimos haber depositado en Cristo. Si nuestra fe se convierte en un testimonio que escuece sobre las heridas del pecado para sanarlas; si a causa de nuestra fidelidad, que no da marcha atrás a pesar de sentirnos presionados por quienes piensan que les lesionamos sus derechos, pero que más bien quisieran que no descubriésemos su maldad, su injusticia, su doblez, pues no quieren convertirse ni salvarse; si a causa de ser congruentes con la Vida nueva recibida por nuestra fe y comunión con Cristo, somos perseguidos, calumniados y condenados a muerte, alegrémonos y saltemos de contento, pues nuestros nombres están inscritos en el Reino de Dios.
Que quienes nos contemplen descubran en el rostro de la Iglesia no el rostro de un ángel, sino el Rostro del mismo Cristo que, a través nuestro, ama a todas clase de personas hasta el extremo de dar su vida, con tal de que la salvación llegue a todos.

Sal. 119 (118). Aquel que es fiel a Dios se convierte en un vivo reproche para los malvados. Tal vez contemplen en su rostro el rostro del Señor y no soporten su mirada, que los llama a la conversión y les echa en cara sus maldades, no para condenarlos, sino para que se arrepientan y vivan.
Ante una diversidad de tentaciones que quisieran hacernos dar marcha atrás en el camino recto, hemos de acudir al Señor, a quien amamos, para que nos fortalezca y no sólo nos defienda de las manos de nuestros enemigos, sino que nos ayude a serle fieles, meditando y proclamando sus maravillas; así viviremos con lealtad nuestra fe y ayudaremos a quienes lo buscan para que encuentren el camino que los conduzca a Él, y vivan su fe, no como una costumbre sino como el compromiso de manifestar a todos, con las obras, el Nombre de Dios.

Jn. 6, 22-29. Jesús ha realizado el milagro de multiplicar cinco panes y dos pescados para dar de comer a una multitud; sólo los hombres eran unos cinco mil. Ante este milagro la gente piensa que, teniendo a Jesús como Rey tienen solucionados todos sus problemas, pero Jesús los centra diciéndoles que lo busquen como el Pan que les dará Vida eterna.
El pan temporal prolonga la vida y la fortalece para seguir trabajando en la realización de la ciudad terrena. Pero más allá de la búsqueda de ese pan estamos llamados a la participación de la Vida eterna, que ya desde ahora nos comunica el Señor, convirtiéndose Él mismo en Pan de vida eterna.

En la Eucaristía que estamos viviendo el Señor nos comunica su Vida mediante el Pan Eucarístico. Él nos ha hablado en la Escritura invitándonos a ser sus testigos valientes. Esto, antes que nada, nos ha de hacer vivir esa Palabra, para que así no sólo escuchemos la voz de Dios, sino que la pongamos en práctica.
Ser fieles a la voluntad del Señor puede complicarnos la vida ante algunos sectores de la sociedad. Sin embargo no podemos amoldar el anuncio de la Palabra de Dios y quitarle su fuerza liberadora tratando de no sentirnos comprometidos en las consecuencias del anuncio del Mensaje de salvación.
Hoy el Señor nos ha hablado de que a Él no podemos buscarlo sólo con la intención de disfrutar de sus bienes temporales; no podemos tomar la fe como un negocio personal, sino como la misión de proclamar nuestra fe sin las ataduras a lo pasajero, pues nada hemos traído al mundo y nada podremos llevarnos de él.
Quienes han hecho de la fe y de la religión una codicia por el dinero se han apartado de la fe y se han ocasionado a sí mismos muchos males.
Cristo se nos da en esta Eucaristía como Pan de vida para que nosotros tengamos vida. Lo que Él desea de nosotros es que seamos pan de vida para nuestro prójimo, pan que alimente, pan que muera para que los demás tengan vida, pan substancioso que llegue a toda clase de personas para darles a Aquel que es la vida, Cristo.
El Señor sea hoy nuestra fortaleza para que no vayamos a los diversos ambientes en que se desarrolla nuestra vida con la levadura de la maldad, sino con la levadura del Espíritu que es de santidad y de amor.

A Jesús no lo podemos buscar únicamente para que nos tienda la mano en nuestros problemas diarios; antes que nada debemos buscarlo para que se fortalezcan nuestros lazos de comunión con Él, y nos convirtamos en testigos suyos, fortaleciendo entre nosotros los lazos de unión fraterna.
La Iglesia no puede dedicarse únicamente a procurar el bien de las personas mediante el servicio de Caridad; ciertamente esto es algo que no debe descuidar, sin embargo su horizonte no se agota ahí, sino que ha de dar el paso definitivo: proclamar al Señor de la Vida, para que sea aceptado en el corazón de todos, y no sólo se disfruten, con mayor justicia, de los bienes temporales, sino que se tenga la participación de la Vida que Dios nos ha ofrecido en Cristo.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que, fortalecidos por el Espíritu Santo, demos un constante testimonio de nuestra fe, para que, viendo los demás nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre Dios, que está en el cielo. Amén.

MARTES 16 DE ABRIL

LECTURAS: HECH 7, 51-8, 1; SAL 30; JN 6, 30-35

Hech. 7, 51-8,1. Esteban acababa de hacer un resumen de las maravillas que Dios realizó en la historia de salvación entretejida en la Primera Alianza con la fidelidad amorosa de Dios y las promesas del pueblo muchas veces incumplidas. Ante este recuerdo, Esteban no se detiene en llamar a los sanedritas hombres de cabeza dura que siempre resisten al Espíritu Santo; les hace saber que son hijos de aquellos que mataron a los profetas que anunciaron la venida del Justo, a quien ahora ellos han traicionado y dado muerte.
No podemos sólo denunciar las injusticias que muchos cometen contra los inocentes. Tal vez, incluso, nos gustaría dar la vida por haberles dado voz a los pobres, a los desgraciados, a los marginados. Hemos de reflexionar si nosotros mismos no hemos sentado en el banquillo de los acusados a quienes se oponen a nuestra forma de pensar; o, tal vez, nos creímos justos y quisimos desaparecer a quienes consideramos eran un estorbo en nuestro grupo, en nuestra sociedad, en nuestra iglesia, e hicimos hasta lo imposible para lograrlo, aún comprando testigos falsos, o nosotros mismos levantando la voz cargada de mentiras contra ellos. Esto nace más de un desequilibrio sicológico que de un verdadero amor por Cristo y por su Iglesia.
Ojalá y levantemos la vista para contemplar a Cristo, que está sentado a la diestra de su Padre Dios y recordemos que Él ha llegado ahí a través de su entrega, de su obediencia hasta la muerte; de su fidelidad a Dios y al hombre.
Quienes creemos en Él no tenemos otro camino que nos haga llegar hasta donde Él se encuentra. No podemos sino tomar nuestra cruz de cada día y seguirlo. Y cruz significa fidelidad amorosa a la voluntad de Dios y servicio amoroso al prójimo, al estilo de Cristo, pues no son otras las huellas que seguimos.

Sal. 31 (30). Dios se ha convertido en fortaleza, refugio, muralla y roca firme para el justo perseguido.
Ya en otra ocasión Dios había dicho: No tengas miedo, que yo te convierto en muralla de bronce: lucharán contra ti, pero no te vencerán, pues yo estaré contigo para salvarte y librarte. Oráculo del Señor.
Jesús, clavado en la cruz, pone toda su confianza en Dios, su Padre; y fue escuchado en atención a su actitud reverente; hecho obediente hasta la muerte, ha llegado a la perfección y se ha convertido en fuente de salvación para todos los que le obedecen.
Tomar la Cruz de cada día y seguirlo es el gran reto de fe que tenemos quienes creemos en Él.
Los mártires nos han dado ejemplo de cómo confiar en Dios, de cómo serle obedientes y de cómo llegar a la Perfección a la que hemos sido llamados todos.

Jn. 6, 30-35. Jesús, el Enviado del Padre, exige ser buscado y aceptado Él mismo como tal, y no ser buscado por algunos otros intereses.
Recordemos que el que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con Él?
El Padre Dios es quien nos ha enviado a su propio Hijo como el pan que da la vida al mundo. Tenerlo con nosotros es saciar nuestra hambre y sed de amor; es encontrar el verdadero sentido de nuestra vida.
Mientras, a pesar de contemplar su amor hasta el extremo, estemos buscando más señales para creer en Él, con esa actitud estamos indicando que no tenemos la disponibilidad de vivir nuestro compromiso de fe con Él, sino sólo tenerlo como el milagrero y taumaturgo, y no como el Señor y Salvador de nuestra vida.

Jesús, el Enviado del Padre como pan de vida para el mundo es Aquel a quien celebramos en este memorial Pascual, que nos reúne en torno a su mesa.
El testigo fiel y veraz, el testigo que entrega su vida, el testigo o mártir por mostrarnos el amor del Padre, se convierte para nosotros en el Pan de Dios que baja del cielo y da vida al mundo.
Hoy venimos al Señor para no pasar hambre, y creemos en Él para no pasar sed. No tendremos otra fuente de vida sino al mismo Cristo.
El amor comprometido con Él colmará nuestras esperanzas y nos hará amar a nuestro prójimo como Dios lo ama a él.

Quien vive unido a Cristo no se separa de su prójimo ni se olvida de sus tareas temporales.
Quien participa de la Vida y del Espíritu de Dios ama a su prójimo con toda la fuerza liberadora del amor de Dios; y así como el Señor se comprometió con nosotros y se hizo solidario de nuestros gozos y esperanzas, de nuestras tristezas y angustias, sobre todo de los pobres y de los afligidos, así la comunidad de creyentes manifiesta el amor, la compasión y la misericordia de Dios para todas las gentes, pues no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón.
El camino de Cristo ha sido el hombre para salvarlo; y el camino del hombre es Cristo para llegar al Padre. No es otro el camino de la Iglesia, Esposa de Cristo, que lo prolonga con su amor salvador y misericordioso en la historia.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir en plenitud la vocación que Dios nos ha hecho para estar en plena comunión con Cristo, y poder, así, manifestar su amor a todas las gentes, de tal forma que, cuantos vengan a su Iglesia, encuentren en ella la plenitud de su vida en Cristo, Pan de Vida eterna. Amén.

MIÉRCOLES 17 DE ABRIL

LECTURAS: HECH 8, 1-8; SAL 65; JN 6, 35-40

Hech. 8, 1-8. Antes que nada el Cristiano debe estar plenamente convencido de su fe en Cristo. Esa fe no puede quedarse en una confesión hecha sólo con los labios y nacida del convencimiento intelectual a causa del estudio sobre la persona de Jesús. La fe, nos dice el apóstol Santiago, si no se manifiesta con las obras, es una fe inútil.
Aquel que ha madurado su fe en Cristo debe llevar un estilo de vida amoldado al del Señor. Esa fe no puede ser algo frío, sino cargado de amor hacia Aquel a quien se le ha entregado la vida, permitiéndole hacer en nosotros su obra, conforme a las esperanzas que tenemos de llegar a ser perfectos, como el Padre Dios es perfecto.
El Señor, que nos ha salvado y enviado a anunciar esta Buena Nueva, no nos quiere instalados en un sólo lugar y espacio. Todos estamos llamados a sanear las estructuras y las condiciones del mundo para que sean conforme a las normas de la justicia, y favorezcan la práctica de las virtudes. Por eso, en cualquier lugar en que nos encontremos Dios quiere, ahí, convertirnos en testigos suyos por la rectitud de nuestra vida, y no sólo por nuestras palabras. Por eso, a aquellos a quienes proclamemos el Evangelio no sólo nos no sólo nos han de oír hablar acerca de Cristo, sino que lo han de contemplar desde nuestra vida.

Sal. 66 (65). La historia de salvación es considerada como una serie de intervenciones de Dios para librar a sus elegidos de la mano de sus enemigos.
El momento cumbre de esta liberación, considerada la plenitud de los tiempos, es la persona de Jesús. A partir de Él ya no es el camino por el desierto, ya no es la fidelidad a la Ley la que nos conduce a la posesión de la tierra prometida; la salvación es una persona: Cristo. Nadie va al Padre sino por Él. No hay otro nombre en el cual podamos alcanzar la salvación.
Por eso, llenémonos de gozo y gratitud hacia el Señor que nos ha amado hasta el extremo. Este gozo y gratitud nos ha de llevar a proclamar sus maravillas ante todos los hombres, para que también ellos conozca la salvación y reconozcan a Jesús como el Enviado del Padre para conducirnos, a través de esta vida, a la plena unión con Dios.

Jn. 6, 35-40. El que quiera tener consigo el Pan de vida eterna, que venga a Jesús, pues Él es ese pan buscado y deseado por todos los hombres. No basta con ver a Jesús, sentir su cercanía a nosotros, recibir sus beneficios. Mientras no creamos en Él, mientras no lo aceptemos en nuestra vida, tal vez disfrutemos de los bienes temporales, pero no estará en nosotros la Vida eterna. Nosotros hemos sido dados por el Padre Dios a Jesús, no para que nos pierda, sino para que nos salve. Jesús en una obediencia amorosa al Padre, llegará hasta el extremo del amor por nosotros dando su vida para que, libres de la corrupción y de la muerte, no nos perdamos sino que, perdonados, tengamos en nosotros la misma vida que Él recibe de su Padre.

Nosotros hemos venido a esta Eucaristía para contemplar, para ser testigos del amor que Dios nos ha manifestado hasta el extremo en su Hijo Jesús. Ojalá y no nos quedemos sólo viendo, sino que viendo creamos en Él. El Padre Dios le ha confiado a su Hijo la salvación de todos aquellos que puso en sus manos; por eso a nadie desprecia ni le echa fuera, aun cuando sea el más grande de los pecadores. Sólo uno mismo puede cerrarse al amor de Dios y quedarse fuera de la salvación. Si Dios nos ha amado y ha entregado a su propio Hijo para que nos lleve hacia Él, libres del pecado y de la muerte, Jesús no perderá nada de lo que el Padre le dio, sino que, vencido el último de los enemigos, la muerte, nos resucitará en el último día para que participemos de la vida eterna y, junto con Él, nos convirtamos en el Hijo amado del Padre. La Eucaristía inicia en nosotros esta unión con el Señor y esta participación de la Gloria del Hijo de Dios. Por eso no podemos llegar a la Eucaristía sólo por costumbre, sino con la conciencia de que Dios nos ofrece su vida y de que nosotros la hacemos nuestra y la manifestamos en nuestra vida diaria.

La Iglesia de Cristo recibe en su seno a todos los que el Padre Dios sigue dando a su Hijo para que, desde ella, encuentren en el Señor la salvación y la vida eterna. ¿En verdad conservamos, incrementamos y llevamos a su plenitud esa vida de Dios en quienes se han unido a Cristo mediante su Iglesia, o, por el contrario, les dejamos como ovejas sin pastor, y sólo acudimos a ellos para explotarlos y aprovecharnos de sus bienes? Cristo nos ha pedido amar hasta el extremo, con tal de no perder a nadie de los que el Padre nos ha confiado; y este deber no sólo compete a los ministros de la Iglesia, sino a todos sus miembros en la medida de la gracia recibida. Cumplamos, pues, con la misión de ser un signo creíble de la salvación de Cristo para nuestros hermanos.

Roguémosle al Señor que nos conceda por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de participar, ya desde ahora, de la vida del Señor y de vivir, no en la rebeldía, sino en el amor que nos lleve a manifestarnos como los hijos amados del Padre y como hermanos entre nosotros preocupándonos por todos los que nos rodean para que ninguno se pierda sino para que todos alcancemos la salvación eterna. Amén.

JUEVES 18 DE ABRIL

LECTURAS: HECH 8, 26-40; SAL 65; JN 6, 44-51

Hech 8, 26-40. Siempre somos personas en camino. Quienes hemos renacido por el Agua y el Espíritu tenemos la fecundidad de las buenas obras venidas de Dios. Ha quedado a un lado la esterilidad (eunuco) de las obras muertas a causa del Pecado.
Quienes creemos en Cristo y por medio del bautismo hemos entrado en comunión de vida con Él, participamos también de su Misión. La proclamación de Cristo y su Evangelio no puede limitarse sólo a los de casa; hemos de salir a anunciarlos a toda clase de personas. Así irán a la par tanto la Evangelización como la catequesis.
El primer anuncio de Cristo a los pueblos que no lo conocen no podemos delegarlo en los misioneros, pensando que con ayudarlos con nuestros bienes para que cumplan su misión podemos vivir tranquilos. Ese anuncio es parte esencial de la razón por la que Jesús fundó a su Iglesia, que, unida a Él, continúa su obra en la historia.
La Iglesia se pone en camino y se acerca a todas las personas, de todas las razas y condiciones sociales, y les proclama la necesidad de la fe en Jesucristo para salvarse; quien acepte ese mensaje de salvación y se bautice vivirá también unido al Señor y comprometido para proclamar su Nombre como testigo suyo.
Esta obra del Señor en nosotros la realiza el Espíritu Santo; quien no lo posea podrá simplemente hablar pero no ser testigo cualificado de Cristo.

Sal 66 (65). Meditamos, como ayer, nuevamente en este Salmo, que nos hace elevar un cántico de alabanza al Señor por las grandes maravillas que ha hecho en favor nuestro.
Dios es el protector de cuantos en Él confían y no dejará que tropiecen sus pies. Por eso debemos elevar confiadamente a Él nuestras oraciones.
Aun cuando Dios conoce hasta lo más íntimo de nuestro ser y sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos, la oración debe hacernos entrar en comunión amorosa con Él, para disfrutar de su vida y de su presencia en nosotros. Entonces entenderemos aquellas palabras: Haz la prueba, y verás qué bueno es el Señor.
Por eso debemos cantarle alabanzas y bendecir su Nombre, pues Él siempre escuchará nuestras súplicas y jamás nos retirará su amor. Podrá, tal vez, una madre olvidarse del hijo de sus entrañas; sin embargo Dios jamás se olvidará de nosotros y siempre nos colmará con su amor y su ternura.

Jn. 6, 44-51. Jesús es el alimento que nos da vida eterna. Él ha entregado su vida por nosotros en la cruz como un sacrificio de suave aroma, como el sacrificio perfecto y santo.
En razón de su gloriosa resurrección, quien se alimenta de Cristo no muere, sino que tiene vida eterna. Por eso, aun cuando nuestro cuerpo muera como consecuencia del pecado, resucitará, lleno de gloria para no volver a morir más.
El hombre de fe no sólo escucha la voz de Dios y la pone en práctica, sino que vive totalmente unido al Señor por medio de esa misma fe, por medio del bautismos y de la Eucaristía. Así entramos en comunión con Cristo y vivimos, como un sólo cuerpo, en su Iglesia, siendo portadores de la vida y no de signos de muerte.

Reunidos en esta Eucaristía no sólo recordamos la noche en que Jesús se entregó por nosotros como alimento, como Pan de vida eterna, sino que, especialmente estamos celebrando el Memorial de la Pascua del Señor, que nos recuerda que estamos en camino, no hacia una patria temporal y pasajera, sino hacia la posesión de los bienes definitivos, de la Patria eterna, que es el mismo Dios.
No tiene sentido alimentarse para quedarse sentado. Quien se alimenta del Señor es porque debe ponerse en camino y proclamar el Nombre su Nombre, viviendo como una persona libre de toda clase de esclavitudes, cuyas cadenas le impedían caminar.

Cristo, mediante su sacrificio en la cruz, nos ha liberado de nuestro enemigo y, como al hijo pródigo que ha regresado a casa, no sólo nos ha recibido con gran amor y ha pedido a sus siervos, los sacerdotes, que nos purifiquen de toda mancha y nos revistan de Cristo y nos pongan nuevamente el anillo familiar, que nos hace ser portadores, con nuestras obras, del signo de hijos en el Hijo; no sólo nos hace participar de la alegría del banquete pascual, sino que quiere también que se nos pongan las sandalias en los pies para que vayamos y demos testimonio de lo que aquí hemos vivido: El amor, la bondad, la misericordia de Dios y su entrega por nosotros.
Quien crea en Cristo debe vivir bajo el signo de Cristo siendo portador del mismo amor, bondad y misericordia que Dios nos ha tenido.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que alimentados por Cristo, Pan de vida eterna, no desfallezcamos en nuestro camino por este desierto de la vida, por este valle de lágrimas, sino que, llenos de esperanza, y alegres incluso en los sufrimientos y momentos difíciles de la vida, podamos ser un signo del amor de Dios para todos los que están en camino y buscan, tal vez a tientas, al Señor. Amén.

VIERNES 19 DE ABRIL

LECTURAS: HECH 9, 1-20; SAL 116; JN 6, 52-59

Hech. 9, 1-20. Para Dios no hay acepción de personas. Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Él sale al encuentro de todas las personas, por muy pecadoras que sean, para llamarlas a la conversión y convertirlas en testigos suyos.
Pablo, de perseguidor, se convierte en testigo de la salvación que Dios ofrece a todos en Cristo Jesús, el cual se ha querido identificar con quienes crean en Él.
Por eso todos merecen nuestro cariño y respeto. No podemos pensar que servimos a Dios cuando perseguimos, destruimos o asesinamos a nuestro prójimo; más bien seríamos reos del mismo reclamo que Jesús hizo a Pablo: ¿Por qué me persigues?
De ahí la necesidad de vivir en una continua conversión para que las escamas del egoísmo, de la injusticia, de la esclavitud a lo pasajero, se desprendan de nosotros, y podamos contemplar a nuestro prójimo con la mirada del mismo Cristo, y proclamemos su Evangelio no sólo con nuestras palabras sino con nuestra vida misma.

Sal. 117 (116). Dios jamás cierra su corazón como para no dejar entrar a alguna persona o a alguna nación. Su amor se extiende a todas sus criaturas.
Tal vez encontremos a muchos que se han opuesto a la fe; tal vez hemos sido testigos de muchos que han cegado la vida de inocentes; tal vez muchos han vivido experiencias de corrupción y deshonestidad en su forma de actuar ante los demás.
Nadie, nadie está excluido del amor de Dios; nosotros podemos ser infieles, pero Dios siempre permanecerá fiel y su amor se prolongará de generación en generación para todos.
Dios puede hacer, incluso del más grande perseguidor de la Iglesia o de la humanidad un hombre recto, justo y santo. Dios sólo espera que nos convirtamos a Él y le digamos: ¿Qué tengo que hacer Señor?
Ante esta realidad de un amor sin fronteras, nosotros hemos de volver al Señor y aclamarlo, y alabarlo por su amor; y esto lo haremos no sólo con los labios, sino con la vida y las obras que manifestarán que en verdad Dios se ha convertido en el Señor de nuestra vida.

Jn 6, 52-59. Jesús entrega su vida por nosotros; nadie se la quita, Él la ofrece a todos y a cada uno de nosotros como el alimento sacrificial mediante el cual entramos en comunión con Él y somos santificados, pudiendo llegar a ser santos como Dios es Santo.
La razón de la encarnación del Hijo de Dios es la participación a nosotros de la vida de Dios. Pero esto no puede llevarse a efecto sino en la aceptación, mediante la fe, del Enviado del Padre, y en hacerlo nuestro alimento mediante la participación en la Eucaristía, Pan de vida eterna.

¿Para qué ir a misa? ¿Para qué perder el tiempo escuchando sermones aburridos? Por eso, si muchos se ven obligados a acudir a la Celebración terminarán durmiéndose o saliendo con las huellas del aburrimiento.
¿Te has enamorado y te has aburrido ante la persona amada?
La Eucaristía es cuestión de amor, de amor sin fronteras. Los signos externos: sacerdote, pan, vino pueden parecer demasiado pobres; sin embargo por medio de esa fragilidad te llega la Vida eterna y la posibilidad de resucitar y de ser glorificado, junto con Cristo, en la Gloria del Padre.
Si conocieras el camino que te condujera a la gloria y a la cúspide de todas tus aspiraciones temporales, si conocieras la dirección que te condujera a la posesión de tesoros inimaginables, si alguien, sin el afán de posesionarte de lo que será tuyo se convirtiera en tu guía y defensor ante los peligros, ¿te negarías a caminar?
¿Qué significa Cristo en tu Vida? Sin Él todo está perdido, aunque lo tengamos todo en la tierra. Con Él todo lo hemos ganado, aun cuando no tengamos ni una pequeña moneda en el bolsillo. Él es la vida y, para nosotros, el Pan de Vida. Encontrarnos con Él y alimentarnos de Él en la Eucaristía, es lo mejor que nos puede pasar en la vida.

Nuestro compromiso consiste en manifestarnos para los demás como alimento que da vida, que no la disminuye ni destruye en nuestro prójimo.
La Iglesia no sólo debe alimentar las esperanzas de los pueblos, sino hacerlas realidad mediante la comunicación a todos de la vida de la que participa por su unión con Cristo, Cabeza y Esposo de la misma Iglesia.
¿Qué hacemos para que quienes nos rodean tengan vida en abundancia?

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que su Hijo Jesucristo, Pan de Vida eterna, sea realmente para nosotros el Camino, la Verdad y la Vida. Que con humildad tomemos nuestra cruz de cada día y lo sigamos sabiendo que nadie va al Padre sino por El.

SÁBADO 20 DE ABRIL

LECTURAS: HECH. 9, 31-42; SAL 115; JN 6, 60-69

Hech. 9, 31-42. A pesar de las persecuciones la Iglesia de Cristo debe seguir confiando en el Señor y continuar proclamando con fidelidad la Buena Noticia a todos los pueblos.
Los rasgos del Poder con que Pedro anuncia el Evangelio nos hace ver que es el Espíritu Santo el que hace de la Iglesia una continuación, en la historia, de la obra iniciada por Cristo. Así, el Señor cumple su promesa de estar con nosotros todos los días, hasta el final del tiempo.
Reflexionemos si, quienes creemos en Cristo y vivimos unidos a Él mediante la fe y el Bautismo participando de su Vida y de su Espíritu, pasamos haciendo el bien, como el Señor lo hizo mientras estuvo entre nosotros físicamente.
Démosle amplia cabida en nosotros al Señor y a su Espíritu; pues la obra de salvación no es obra de hombres que viven en comunidad, sino la obra del mismo Dios que, a través del tiempo actúa mediante su Iglesia en favor de toda la humanidad.

Sal. 116 (114-115). Dios no creó la muerte ni se deleita en ella.
Dios, el Dios de la vida, para librarnos de la muerte, ha enviado a su propio Hijo, el cual hecho uno de nosotros ha dado su vida para que nosotros tengamos vida, y la tengamos en abundancia.
Siendo nosotros esclavos del pecado hemos sido liberados de esa esclavitud y elevados a la dignidad de hijos de Dios en Cristo Jesús.
¿Cómo le pagaremos al Señor el bien que nos ha hecho? Ofreciéndole a Él nuestra vida como un sacrificio de suave aroma y cumpliéndole nuestras promesas de renunciar al pecado y al autor del pecado y de la muerte, y de creer en Dios con una fe que nos haga aceptarlo como el único Señor de nuestra vida. Entonces nuestra alabanza se convertirá en un testimonio de fe, y de amor a Dios, que nos hará vivir en un verdadero amor fraterno, pues a todos nos unirá un único Espíritu, el Espíritu de Dios que habita en nuestros corazones como en un templo.

Jn. 6, 60-69. Ser discípulo de Jesús no es sólo acudir a Él para recibir el pan pasajero, el pan que perece y que no puede dar vida eterna.
Ser discípulo de Jesús es encontrar en Él palabras que son Espíritu y Vida: ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.
Parece imposible que un simple mortal entre en comunión de vida con Dios; pero lo que para los hombres es imposible, es posible para Dios. Por eso no somos nosotros los que decidimos pertenecer a Cristo y, mediante Él, entrar en comunión de vida con Dios. Es el Padre Dios quien toma esta decisión de entregarnos a Cristo para que se lleve a efecto la alianza nueva y eterna. Es Jesús quien nos acepta como el esposo acepta a la esposa. Es el Espíritu Santo quien nos santifica con la obra redentora de Jesús y nos hace santos como Dios es Santo. A nosotros sólo corresponde el pronunciar nuestro sí comprometido y lleno de fe a la voluntad salvadora de Dios, para que Él haga su obra en nosotros y tengamos, así, Vida eterna.

La Eucaristía es nuestro lugar de encuentro con el Dios de la Vida. Mediante su Cuerpo y su Sangre somos alimentados para disfrutar la Vida eterna. No podemos llegar aquí sino con un verdadero espíritu de fe. Esto es lo que siempre exige el Señor para que se lleve a cabo en nosotros la obra de Dios.
Su Palabra ha de calar hasta lo más hondo de nuestro ser; nosotros, escuchándola con fidelidad, hemos de decidir cuál será nuestra respuesta al requerimiento de Dios.
Si decidimos seguir al Señor y ser un signo de Vida y no de muerte, entonces estamos preparados para sentarnos al Banquete Pascual, no sólo para entrar en intimidad personal con el Señor, sino para que Él sea nuestra fuerza, y podamos proclamar su Nombre con valentía y poder en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida.

Quienes sólo vienen a la Eucaristía como espectadores, sin querer aceptar el compromiso de entregar su vida por los demás como Cristo la ha dado por nosotros, manifiestan que, aun cuando aparenten estar con gran devoción, finalmente no tienen asentada su fe en Cristo.
Quienes aparentan participar de la Eucaristía pero después vuelven al ambiente familiar, laboral, estudiantil, o a cualquier otro en que se desarrolle su vida, y viven oprimiendo, destruyendo, o tratando injustamente a su prójimo, no son unos descreídos, sino unos hipócritas que han traicionado su fe.
Jesús espera de quienes lo buscamos como el Pan de Vida, que seamos eso, pan de vida para nuestro prójimo, por eso debemos preguntarnos acerca de lo que realmente significa el Señor para nosotros.
¿En verdad podemos confesar nuestra fe en Él diciendo junto con Simón Pedro: Señor, a quién iremos; tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios?

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de no traicionar nuestra fe ni con nuestras palabras, ni con nuestras actitudes y obras. Antes al contrario que, alimentados por Cristo, hechos uno con Él mediante la Comunión, confesemos con todo nuestro ser que el Santo de Dios, habitando en nosotros, hará, por nosotros, grandes maravillas en toda la tierra de generación en generación. Amén.

DOMINGO 21 DE ABRIL

IV DOMINGO DE PASCUA

LECTURAS: HECH 13, 14. 43-52; SAL 99; APOC 7, 9. 14-17; JN 10, 27-30

YO LES DOY LA VIDA ETERNA.

Comentando la Palabra de Dios

Hech. 13, 14. 43-52. El anuncio de la Palabra de Dios debe ayudar a que cada uno de los que la escuchan se haga responsable de su respuesta a la misma.
El auténtico evangelizador no se proyecta a sí mismo, no quiere que se vaya tras sus huellas y sus proyectos, sino tras las huellas y el plan de salvación de Dios.
Esto lleva a que, si queremos ser fieles a Dios, debemos vivir en una relación amorosa con el Señor para conocer su Palabra y vivirla guiados por su Espíritu Santo.
Quienes viven encerrados en sus planes personales al margen del Plan de Dios, cuando ven que no se trabaja conforme a sus expectativas se levantan para perseguir y acabar con quienes llegan a considerar sus enemigos y un peligro para la sociedad.
Nosotros no vamos en nombre propio a llevar la salvación al mundo entero. Es Dios quien nos ha elegido y enviado en su Nombre. Si somos fieles al Señor no podemos devaluar su Palabra con visiones personalistas con las que más que servir al Señor quisiéramos sacar provecho buscando nuestra gloria personal.
Tratemos de no diluir la Palabra de Dios, ni de silenciar su fuerza salvadora que sólo procede de Dios. Y si alguien no nos escucha no hagamos acomodos de la misma Palabra para lograr la amistad de quienes quisieran incluso manipular al mismo Dios. Volvamos la mirada y veamos: Hay muchos hombres de buena voluntad que están dispuestos a escuchar la voz de Dios y a vivir comprometidos con su Evangelio de salvación y de vida eterna.

Sal. 100 (99). El Señor es nuestro Pastor, y nosotros somos su Pueblo y ovejas de su Rebaño.
Pero el Señor no es un pastor que quiera suplirnos en nuestras decisiones, y, por tanto, en nuestras responsabilidades. Dios nos dio la libertad y cada uno de nosotros se convierte en el constructor de su propio destino.
Dios nos quiere con Él eternamente y nos ha enseñado el camino que nos conduce a Él: su propio Hijo que nos amó hasta el extremo, dando su vida para salvarnos; por eso ahora vive eternamente. Ese es el camino que siguen quienes tienen a Cristo como su propio pastor: saben amar, perdonar, entregar su vida por los demás.
Al final, efectivamente, sólo el amor será lo que cuente ante Dios. Ojalá y seamos cada día más maduros en el amor que decimos tener a Dios y a nuestro prójimo.
Unidos a Cristo seamos un signo de su amor y de su entrega para nuestros hermanos.

Apoc. 7, 9. 14-17. Purificados en la sangre del Cordero; bautizados en Él; hechos uno con Él. Él será quien nos conduzca a las fuentes del agua de la vida.
Ya desde ahora en Él hemos sido hechos criaturas nuevas, hijos de Dios. Servirlo significará escuchar su voz y vivir conforme a ella, especialmente cuando nos pide que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado.
Si queremos ser signos de Cristo Buen Pastor para nuestros hermanos, no lo seremos en cuanto a sentarnos como maestros infalibles, sino en cuanto a que nos pongamos a servir a aquellos a quienes, con amor y con el ejemplo de una vida recta y justa, debamos conducir a todos hacia Cristo para que encuentren en Él el perdón de los pecados y la vida eterna.

Jn. 10, 27-30. La Iglesia no es nuestra sino de Dios, nosotros sólo le ayudamos como sus siervos fieles. Y Dios nos ha tenido la suficiente confianza como para poner en nuestras manos el servicio a su pueblo, para ayudarle a encontrarse con Él y disfrutar de su salvación. Por eso no podemos convertirnos en opresores del Pueblo de Dios; no podemos explotarlos buscando nuestro propio beneficio; no podemos servirnos del pueblo para lograr nuestros intereses personales de poder o de dinero.
El Señor nos envió a servir y no a ser servidos. Por eso debemos aprender a dar vida eterna a aquellos que debemos amar con el mismo amor de Cristo. Conocer las ovejas significará tener una apertura real a toda clase de personas para procurar su bien, aún a costa de la entrega de nuestra propia vida por aquellos que Dios nos confió, no para que los perdiéramos sino para que, al final, los podamos presentar, libres del pecado y de la muerte, en el gozo de la Vida eterna, a la que no podemos entrar solos, sino unidos al Pueblo del que el Señor nos constituyó pastores.
La Iglesia, toda la Iglesia, unida a sus legítimos pastores, debe también ser un signo de Cristo, Buen Pastor, pues todos tenemos la gravísima responsabilidad de trabajar para que el Reino de Dios llegue hasta el último rincón de la tierra.

La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.

El Cordero inmaculado de Dios, que quita el pecado del mundo, nos ha reunido en torno suyo para que celebremos su Misterio Pascual. Hemos venido a escuchar su voz para vivir conforme a su Palabra de Vida eterna. Hemos venido a alimentarnos de Él para que, viviendo en comunión de vida con Él, seamos sus testigos en el mundo no sólo con nuestras palabras, sino con nuestra vida misma.
Quienes nos alimentamos de Él tenemos asegurada la resurrección y la vida eterna, pues nada ni nadie podrá arrancarnos de las manos de Cristo. Pero todo esto sólo será realidad en la medida en que en verdad tengamos la apertura suficiente al amor que Dios nos ha manifestado en Jesús su Hijo, y escuchemos su voz y en verdad vayamos tras sus huellas.
Si a pesar de encontrarnos con Cristo cerramos los oídos de nuestro corazón a su voz y cerramos nuestra ser para no recibir la vida que Él nos ofrece, de nada nos servirá el habernos encontrado con Él, pues tal vez estaríamos cumpliendo con una costumbre, con una tradición cristiana, pero no estaríamos dispuestos a enrolarnos en un auténtico acto de fe, que tenga como consecuencia trabajar por el Reino de Dios entre nosotros.

La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.

La Iglesia completa está al servicio del Evangelio. Por eso debemos escuchar al Señor para que podamos vivir no haciendo de la Iglesia una comunidad de malvados, que buscando sus propios intereses, destruyan a los demás; sino una Iglesia que, amando y buscando dar vida eterna a todos, esté dispuesta a entregar su propia vida por el bien de todos.
El Señor se ha convertido en el Cordero que ha entregado su vida por nosotros. El Pastor debe también ser parte del pueblo, cordero que, junto con su pueblo, sepa dar su vida para que los demás tengan vida y la tengan en abundancia.
Cristo ha venido a caminar junto con nosotros para conducirnos al Padre. Ojalá y hagamos nosotros lo mismo, pues si nos desligamos de nuestra comunidad tal vez hablemos científica y teológicamente de un modo preciso, pero habremos fallado en cuanto a hacer cercano a Dios a los demás con actitudes de amor y de servicio.
Esto no puede ponernos en contra de una auténtica preparación para poder ayudar a la gente de nuestro tiempo, con su propio lenguaje y cultura, a entender el mensaje de salvación; pero no podemos desligar el anuncio de la Palabra con los labios, del anuncio que debemos hacer también con el ejemplo, con el testimonio personal de nuestra vida totalmente comprometida con Dios y con su Evangelio, y con las personas y con el servicio a todos en el amor fraterno.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir de tal forma unidos a Cristo, Buen Pastor, que podamos colaborar para que todos encuentren en Él la Salvación a la que aspiramos todos, y que se inicia ya desde ahora cuando en verdad los demás experimentan que los amamos al darles vida nueva, la vida que procede de Dios, y de la que nosotros somos portadores aún a costa de la entrega de nuestra propia vida. Amén.100-101 ICND1 dumps

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22
Abril

Homilias de el 21 de Marzo – 27 Marzo Año 2014

LUNES 21 DE MARZO

LECTURAS: HECH 2, 14. 22-33; SAL 15; MT 28, 8-15

Hech. 2, 14. 22-33. A Jesús, rechazado, crucificado y muerto por nuestros Pecados, el Padre Dios lo resucitó de entre los muertos; y fue llevado a los cielos por el poder de Dios. Así ha sido constituido en salvación nuestra. Dios ha llevado así adelante su plan de salvación por nosotros. A pesar de que muchos se opongan a ese plan, no podrán impedir que se cumpla. Y los apóstoles son testigos de que Dios ha cumplido sus promesas de salvación para todos los pueblos.
Por eso los Apóstoles no son transmisores de fábulas o de inventos humanos, sino de una realidad experimentada por ellos, que tuvieron la gracia de verlo resucitado, de comer con Él y de haber recibido la misión de anunciarlo a todas las gentes. Pero ellos no van con un poder propio, sino con el poder del Espíritu Santo que, recibido del Padre, el Hijo ha comunicado a quienes Él ha elegido para esta misión.
Nosotros, Iglesia de Cristo, elegidos por Dios para proclamar al mundo sus maravillas, no podemos dedicarnos al anuncio del Evangelio con la fuerza y confianza depositada en nuestro planes al margen de Dios. No somos nosotros; es Dios quien da fortaleza a nuestras palabras para que su obra de salvación se realice conforme a sus designios de amor en favor de todos. Confiemos en Él y dejémonos guiar por su Espíritu, que habita en nosotros. Continuar leyendo… »

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19
Febrero

Homilias de el 17 de Febrero – 23 Febrero Año 2014

LUNES 17 DE FEBRERO

LECTURAS: SANT 1, 1-11; SAL 118; MC 8, 11-13

Sant. 1, 1-11. Dios nos conceda su Sabiduría para no apegarnos a las cosas pasajeras, ni pedir, en la oración, cosas perecederas, pues las cosas de este mundo hoy son y mañana desaparecen como las flores del campo que, al calor del sol se caen, y se acaba su belleza.
Depositar en las cosas pasajeras nuestro corazón sería tanto como construir nuestra vida sobre un banco de arena, y no sobre roca firme.
Si lo pasajero nos ha deslumbrado y vagamos sin un rumbo bien definido hacia nuestra perfección en Cristo, pidamos a Dios que nos conceda la Sabiduría necesaria para saber serle fieles a su Palabra, que nos santifica, y poder, así, rectificar nuestros caminos.
Si pedimos esa Sabiduría que procede de Dios ha de ser porque realmente estamos decididos a darle un nuevo rumbo a nuestra vida.
Aquel que titubea en su oración está manifestando que no se ha decidido aún a caminar en el bien. Efectivamente la oración no puede reducirse sólo a la adoración y alabanza de Dios, y a la petición del perdón de nuestros pecados; si no pedimos a Dios su fortaleza para que nuestra vida se convierta en un signo de su amor; y si no nos decidimos a emprender ese camino es muy probable que hayamos desperdiciado nuestro tiempo ante el Señor.
No tengamos miedo a tener que padecer en la conquista del bien. Más bien veamos los momentos difíciles, y las tentaciones, como la oportunidad que Dios nos concede para afianzarnos cada vez más en su amor y en el amor que le debemos a nuestro prójimo.
Robe de Cocktai
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28
Enero

Homilias de el 27 de Enero – 02 Febrero Año 2014

LUNES 27 DE ENERO

LECTURAS: 2SAM 5, 1-7. 10; SAL 88; MC 3, 22-30

2Sam. 5, 1-7. 10. Ojalá y en verdad Dios reine sobre nosotros, pues Él ha querido hacerse de nuestra propia carne y de nuestros propios huesos para convertirnos en hijos suyos.
Unidos a Cristo hemos de vivir seguros de que Dios nos librará de la mano de nuestros enemigos, pues el Señor, con su propia muerte, se ha levantado victorioso sobre el autor del pecado y de la muerte.
Por eso aprendamos a abrir nuestro corazón al Señor, para que Él reine en nosotros y venza en nosotros toda la fuerza de mal.
No confiemos en nuestras débiles fuerzas, pues el mal siempre acechará a nuestra puerta y nos acosará continuamente; sin embargo sólo fortalecidos con la Gracia del Señor y con su Espíritu Santo podremos dominarlo.
Dios quiere habitar en nosotros como en un templo, pues quiere que no sólo le pertenezcamos, sino que también llegue a manifestarse desde nosotros su amor salvador al mundo entero y hasta el fin del mundo.
Por eso los que nos gloriamos en tener a Dios por Padre debemos manifestar, con las obras, que la Victoria de Cristo sobre el Demonio es nuestra propia victoria, y que ya no caminamos bajo el signo del pecado, sino bajo el signo de la Gracia y del Amor, que el Señor ha infundido en nuestros propios corazones. Continuar leyendo… »

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3
Diciembre

Homilias de el 02 de Diciembre – 08 Diciembre Año 2013

LUNES 02 DE DICIEMBRE

LECTURAS: IS 4, 2-6; SAL 121; MT 8, 5-11

Is. 4, 2-6. Nos encontramos con abundantes signos de salvación en nuestro mundo. Muchos se preocupan constantemente de hacer el bien a su prójimo. Van surgiendo grupos e instituciones que se detienen ante los males que aquejan a buena parte de la humanidad, y tratan de remediarlos; y esto, muchas veces, ni siquiera basados en una creencia religiosa, sino simplemente por filantropía.646-057 dumps
Sin embargo no podemos dejar de lamentar que también van surgiendo muchos signos de maldad, de injusticia, de persecución y de muerte.
Dependiendo de aquello de lo que se haya llenado el corazón de la persona, aflorarán acciones para el bien o para el mal.
A quienes creemos en Cristo Jesús, Él nos llama para que seamos un vástago que surja, en medio de tantos clamores que reclaman justicia, y en medio de tantas manos que se extienden para pedir el remedio a sus pobrezas, y que nos piden que seamos solidarios con ellos.
No podemos ser ocasión de pecado, de injusticia, de tinieblas y tropiezo para los demás. El Señor nos llama para que demos frutos abundantes de buenas obras y sirvamos como punto de referencia para aquellos que lo buscan a tientas, y sin conocerlo. Por eso no podemos confundir nuestra fe sólo con el culto que le tributamos a Dios; es necesario lavarnos de nuestras inmundicias; es necesario que dejemos de derramar sangre inocente, y de que en adelante seamos una manifestación de la Gloria del Señor que sirva de tienda y toldo contra el calor, de abrigo y resguardo contra el temporal y la lluvia.
Mientras la Iglesia no esté al servicio humilde de los demás, especialmente de los más desprotegidos, no podrá decir que realmente camine tras las huellas de su Señor. Continuar leyendo… »

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12
Noviembre

Homilias de el 11 de Noviembre – 17 Noviembre Año 2013

LUNES 11 DE NOVIEMBRE

LECTURAS: SAB 1, 1-7; SAL 138; LC 17, 1-6

Sab. 1, 1-7. No puede uno estar al frente del Pueblo de Dios con un corazón perverso. Por eso debemos buscar al Señor para conocerlo, para dejarnos instruir por Él y para que su Espíritu guíe nuestros pasos por el camino del bien.
Si muchas veces tomamos decisiones equivocadas que no sólo nos afectan a nosotros, sino que destruyen la paz y la justicia tanto en la familia como en los diversos ambientes en que se desarrolla nuestra vida, es porque actuamos conforme a nuestro egoísmo, o guiados por nuestras pasiones equivocadas. Sólo la Sabiduría, que procede de Dios, puede indicarnos el camino que hemos de seguir para que colaboremos en la construcción del Reino de Dios, no conforme a nuestras imaginaciones, sino conforme al proyecto, al Plan del Señor sobre nosotros.
Por eso hemos de invocar sobre nosotros el Espíritu de Sabiduría, y hemos de ser dóciles a Él para que, en verdad, podamos realizar nuestra vida social y personal conforme al Plan de Dios: Que todos lleguemos a ser conforme a la imagen de su Hijo Unigénito.

Sal. 139 (138). Qué hermoso es tener a Dios por Padre, y que nos contemple continuamente con gran amor. Continuar leyendo… »

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28
Octubre

Homilias de el 28 de Octubre – 03 Noviembre Año 2013

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p>LUNES 28 DE OCTUBRE

LECTURAS: EF 2, 19-22; SAL 18; LC 6, 12-19

Ef. 2, 19-22. Aquellos que, a causa de sus pecados, vivían lejos del Señor, han sido llamados a la reconciliación con Dios. El Señor nos llama a dejar nuestra antigua condición de maldad, y a darle nuestra respuesta al amor que Él nos ofrece. Él nos llama para que volvamos a la casa paterna, pues para Él todos somos sus hijos. Y Él nos recibe como el Padre recibe al hijo que, arrepentido, retorna para incorporarse a la familia haciendo que aquel “no” de rebeldía quede atrás y se convierta en un “sí” lleno de amor a la voluntad divina. Dios nos ama siempre; démosle la mejor de nuestras respuestas permitiéndole al Señor desencadenarnos de todo lo que nos ata al pecado. Él no nos quiere lejos; nos quiere unidos a Él no como extraños, sino como conciudadanos de los santos y pertenecientes a la familia de Dios. Y esto no se realiza por medio de la circuncisión, sino por nuestra fe en Cristo y nuestro Bautismo, que han unido en un sólo pueblo a judíos y no judíos. El Espíritu Santo habita en nosotros como en un templo. Que Él nos dé la firmeza necesaria para que edifiquemos el templo santo de Dios, y no lo destruyamos a causa de una fe sin obras, o a causa de nuestras hipocresías con las que, comportándonos como malvados, diésemos a Dios un culto vacío e inútil. Aprendamos a volver constantemente al Señor para que, llenos de su Espíritu, manifestemos con nuestras buenas obras que tenemos a Dios por Padre.

Sal. 19 (18). Dios, por medio de su Hijo Jesús, nos ha unido a Él para que proclamemos su Nombre hasta los últimos rincones de la tierra. Ahí donde se encuentre un hombre de fe se ha de dar testimonio de Cristo y de su Evangelio. No podemos ser una luz encendida que se oculte cobardemente ante las amenazas, burlas, desprecios o persecuciones. Continuar leyendo… »

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14
Octubre

Homilias de el 14 de Octubre – 20 Octubre Año 2013

LUNES 14 DE OCTUBRE

LECTURAS: ROM 1, 1-7; SAL 97; LC 11, 29-32

Rom. 1, 1-7. En la Primera Alianza el Siervo de YHWH, elegido por Dios, debería estar dispuesto a escuchar la Palabra del Señor y a ponerla en práctica, y a proclamarla a todos, asumiendo todos los riesgos que le vinieran por realizar dicho anuncio.
Por la fe nosotros somos Siervos de Cristo Jesús. Quienes lo hemos aceptado como Señor jamás debemos de perder nuestra relación personal con Él. Debemos, como discípulos, estar a los pies del Maestro, pendientes de lo que Él nos pida y dispuestos a cumplir en todo su voluntad.
Sin embargo no sólo nos quiere obedientes en una vida de servicio a Él mediante el culto; no sólo espera de nosotros una vida de hijos en el Hijo, santificados por el Espíritu Santo. Revestidos de Cristo, y hechos partícipes de su mismo Espíritu, Él nos ha elegido para ser Misioneros, de tal forma que la Salvación que procede del Evangelio, llegue a todos los pueblos mediante la proclamación que hagamos del Él, tanto con las palabras como, sobre todo, con nuestro ejemplo.
Cumplamos, con amor, la Misión que tenemos como Iglesia de Cristo, de proclamar la Buena Nueva de salvación a todas las naciones.

Sal. 98 (97). Mediante el Misterio Pascual de Cristo, Dios se ha levantado victorioso sobre la serpiente antigua, o Satanás. Esa victoria debe ser nuestra victoria, de tal forma que, quienes creemos en Cristo, en adelante ya no vivamos como esclavos del Pecado, sino que nos manifestemos como hijos de Dios, santificados por Él. Continuar leyendo… »

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2
Octubre

Homilias de el 30 de Septiembre – 06 Octubre Año 2013

LUNES 30 DE SEPTIEMBRE

LECTURAS: ZAC 8, 1-8; SAL 101; LC 9, 46-50

Zac. 8, 1-8. El amor de Dios es para siempre. Él quiere siempre nuestro bien; más aun: Él quiere que lleguemos a nuestra plena madurez mediante nuestra fe y nuestra unión a Jesucristo, su Hijo. Para guiar nuestro pasos por el camino del bien nos ha hablado por medio de su Espíritu y del ministerio de los Profetas (Cf. Zac. 7, 12). Ojalá y escuchemos hoy su voz, y no endurezcamos ante Él nuestro corazón, pues a pesar de que muchas veces nos hemos alejado del Señor, Él siente un amor profundo por nosotros, y se consume de pasión por nosotros, amándonos hasta el extremo de entregar a su propio Hijo para el perdón de nuestros pecados, y para que podamos vivir eternamente unidos a Él, gozando de la Gloria que le corresponde a su Hijo unigénito. CompTIA 220-802 exam
Por eso hemos de cobrar ánimo, y hemos de comenzar la reconstrucción de nuestra vida, permitiendo que Dios lleve a feliz término su obra salvadora en nosotros, hasta llegar a convertirnos en ministros de su amor salvador para todos los pueblos, de todos los tiempos y lugares. Roguémosle al Señor que sea Él quien nos quite nuestro corazón de piedra y nos dé un corazón de carne, capaz de amarlo a Él sobre todas las cosas, y sensible ante las necesidades de nuestro prójimo para manifestarle, con obras, el amor que Dios nos tiene a todos. Entonces no sólo de palabra, sino con las obras y con la vida misma, seremos constructores, ya desde ahora, del Reino de Dios entre nosotros.

Sal. 102 (101). Que el Señor vuelva su mirada compasiva hacia nosotros y nos salve. El Señor conoce hasta lo más profundo de nuestro ser. Y Él bien sabe que somos frágiles, inclinados al pecado desde nuestra más tierna adolescencia. Continuar leyendo… »

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12
Septiembre

Homilias de el 09 de Septiembre – 15 Septiembre Año 2013

LUNES 09 DE SEPTIEMBRE

LECTURAS: COL 1, 24-2,3; SAL 61; LC 6, 6-11

Col. 1, 24-2,3. No tenemos, ni en el cielo, ni en la tierra, ni en los abismos, otro nombre en el cual podamos salvarnos, sino sólo en el Nombre de Cristo Jesús, al cual Dios constituyó en salvación para todos los pueblos.
Aquel que ha conocido a Cristo y ha unido su vida a Él se ha hecho uno con Él, como la cabeza es una con los demás miembros del cuerpo, que en este caso es la Iglesia, cuya Cabeza es CristoRobe de Mariée 2014.
En el Señor no sólo hemos conocido, sino que hemos experimentado el gran amor que Dios nos tiene. Eso es lo que falta a la pasión de Cristo en cada uno de nosotros, que la hagamos nuestra y que, en Cristo, lleguemos a ser hijos de Dios, participando del Espíritu Santo que el Padre Dios quiere infundir en todos y cada uno de nosotros. Por eso los que vivimos ya unidos a Cristo, por la participación de su Vida y de su Espíritu Santo, no podemos sentirnos seguros hasta lograr que más y más personas participen de la misma Vida con la que nosotros ya hemos sido beneficiados. Esto nos convierte en misioneros, enviados al mundo para que a todos llegue el perdón y la salvación, conforme al amor que Dios no niega a aquellos que llamó a la vida en este mundo, pero con la finalidad de que algún día todos lleguemos a participar de su Vida y de su Gloria eternamente. Por eso no descansemos en trabajar, incluso en los últimos momentos de nuestra vida, tratando de ganar a todos para Cristo.

Sal. 62 (61). Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá en contra nuestra? Dios es nuestro refugio y poderoso Salvador. Continuar leyendo… »

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